La partera del rancho fumaba mientras traía niños al mundo, y se sentaba, porque la vejez es una cosa pesada, o esa decía ella. Parir en el rancho no era cosa fácil, todo pasaba a la luz de un quinqué que sólo se prendía mientras la parturienta estaba en labor. Pasado el cansancio, el sudor y la placenta; y la horrible peste del puro de la partera, Julia por fin se quedó dormida junto a aquella criatura blanda y rubia. Pero durante la noche Rodolfo lloraba y lloraba y su madre no entendía porque: el niño había comido y yacía junta ella. De repente Julia tocó el colchón, estaba mojado; demasiado para ser orines de recién nacido. Entonces pidió ayuda y alguien encendió el quinqué, el niño estaba rodeado por una mancha de sangre que aterrorizó a su madre. Todo se volvió envolver al niño, ensillar la mula y encaminarse al pueblo próximo a 1 hora de distancia, llegar a despertar al único doctor del pueblo. El ombligo no quedó bien amarrado y Rodolfo se estaba desangrando en los brazos de su madre, el doctor no auguró nada alentador, era necesario que a ese niño le dieran atoles y aguas de arroz para hacerlo fuerte, pero ya nunca iba a ser bueno, la primera sangre es la más importante.
Rodolfo creció para convertirse en un muchachito que se orinaba en la cama y se levantaba de madrugada a quitarse las ropas húmedas y tenderlas en un árbol o en la cerca para que se secaran y no hubiera regaños. Pocas veces funcionó, su papá también se levantaba muy temprano a ordeñar las vacas. Era un niño flaco, largo y descolorido que corría por las piedras de la cerca, balanceándose para no caerse, algunas veces se subía a la piedra más alta y desde ahí intentaba volar, lo único que conseguía era la burla de sus hermanos y la preocupación de sus padres. Quién sabe, a lo mejor el doctor tuvo razón y ese niño no quedó bueno.
Rodolfo creció para convertirse en un muchachito que se orinaba en la cama y se levantaba de madrugada a quitarse las ropas húmedas y tenderlas en un árbol o en la cerca para que se secaran y no hubiera regaños. Pocas veces funcionó, su papá también se levantaba muy temprano a ordeñar las vacas. Era un niño flaco, largo y descolorido que corría por las piedras de la cerca, balanceándose para no caerse, algunas veces se subía a la piedra más alta y desde ahí intentaba volar, lo único que conseguía era la burla de sus hermanos y la preocupación de sus padres. Quién sabe, a lo mejor el doctor tuvo razón y ese niño no quedó bueno.
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