En un universo alterno nací en el sur, vivo de la política (como el resto de la familia), seguramente estoy casada con algún istmeño con el que tuve un par de hijos y bebemos a diario. Compro trajes para las fiestas y ahogadores, preparo la limosna y bailo toda la noche. Convivo cada fin de semana con los primos, tíos, sobrinos, ahijados y conocidos de la matriarca. Hablo un zapoteco a medias entre chingados y tengo acento al hablar en castellano. Voy al mercado cada mañana y platico con las marchantas, me peleo con los hombres de los moto taxis. Compro iguana, pescado, queso fresco y huevos de tortuga. Llevo flores para el altar de la casa y fruta. Me abanico para mitigar el calor húmedo y pongo la hamaca en la tarde, luego de comer, para descansar. A media siesta se escuchan las voces de las tías que llevan un huipil nuevo o vienen a platicar de la próxima Vela, bebiendo una cerveza. Debajo de un almendro en el patio, las sillas se van llenando con los hombres, las mujeres empezamos a preparar algo para cenar. Risas, mezcal, una guitarra y el calor va cediendo igual que luz de la tarde.
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