miércoles, 22 de febrero de 2017

Salina



13 de febrero 2017



Hace años, de vacaciones con los primos, salimos temprano rumbo a Salina Cruz. Íbamos en el auto de un adolescente que empezaba apenas a conducir, pero  la distancia es corta, quizá media hora de la casa en Juchitán.  Tomy conducía, yo era la copiloto, Lalo y su novia en el asiento trasero. Todo bien hasta que llegamos a carretera, Tomy manejaba muy rápido, en un intento por esquivar un bache estuvimos a punto de salirnos del camino (meses después volcó el auto, creo que no nos tocaba). Llegamos nerviosos pero completos, dejamos en reparación un teléfono y había que volver en una hora. Decidimos ir a la playa a pasar el tiempo. Recuerdo que nos detuvimos en un punto alto junto al puerto, la vista era increíble. El nivel del mar, los barcos que parecían moles gigantescas de hierro, flotando. Algo casi irreal para quien vive al norte, donde llueve poco y todo esto resulta tan lejano.


Estuvimos unos minutos hasta que Tomy dijo que fuéramos a la playa. No recuerdo el camino que tomamos, sólo que de repente ya no había asfalto sólo arena, a unos metros del mar. Detuvimos para seguir a pie. Apenas intercambiamos unas palabras y los cuatro terminamos sentados frente al mar, contemplándolo en silencio, como hipnotizados. Era casi medio día, el único ruido eran las olas que iban y venían y las gaviotas revoloteando. Pensé en lo inmenso de ese monstruo azul frente a mi, en lo mucho que me gustaba. Fácilmente pasó una hora antes de que alguien hablara y nos levantáramos para volver a la realidad.


Muchos años después, ese lugar, ese momento con ellos tres sigue siendo el refugio cuando quiero encontrar paz. Vuelvo, camino por la orilla y me siento en la arena a escuchar las olas, a ver el mar. Cuando todo era más fácil, cuando estábamos completos. Cuando teníamos raíz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario